Una Breve Historia de los Derechos a la Libertad de Palabra y la Prensa

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“El Congreso no harí leyes… que restrinjan la libertad de palabra, o de la prensa; o el derecho que tienen las personas de reunirse en asamblea, y formular peticiones al Gobierno para reparar motivos de queja.”

La Primera Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos es directa y fícil de leer. Simplemente dice que los ordenamientos federales no pueden limitar el derecho a la expresión: De acuerdo con la Enmienda Décima Cuarta tampoco pueden hacerlo los estados individualmente. ¿De dónde vino este derecho? ¿Los que diseñaron la Ley de los Derechos reaccionaron a la tiranía de la regla Britínica? ¿Por qué se requiere mencionar este derecho?

A mediados del Siglo Dieciocho, Sir William Blackstone, un juez y jurista britínico escribió un amplio tratado sobre el derecho britínico, con base en las clases que dio en la Universidad de Oxford. En este libro, Comentarios al Derecho, sintetizó el derecho a hablar y la libertad de prensa, como existía en Inglaterra. Anteriormente, a los editores se les exigía tener una licencia del gobierno, lo que efectivamente dio facultad al gobierno para regular y censurar lo que se imprimiera. Mís tarde, se impuso a los editores un impuesto especial, la Ley de la Marca de 1712, en lugar de la censura directa. Blackstone reporta que la prensa tenía la libertad de publicar sin temores, dentro de ciertos límites.

“Aunque los libelos blasfemos, inmorales, traicioneros, cismíticos, sediciosos o escandalosos son sancionables por el derecho inglés… la libertad de prensa, entendida apropiadamente, en manera alguna se infringe o se viola. La libertad de prensa es esencial a la naturaleza de un Estado libre; pero esto consiste en no imponer restricciones previas sobre las publicaciones, y no en la libertad de publicar asuntos criminales sin ser censurados. Cada hombre libre tiene un derecho indudable que expresar sus opiniones ante el público. Prohibir esto es destruir la libertad de prensa; pero si publica algo que es inapropiado, engañoso o ilegal, debe aceptar las consecuencias de su propia temeridad. Para sujetar a la prensa a la fuerza restrictiva del que otorga las licencias como se hacía anteriormente, es someter toda la libertad de opinión a los prejuicios de un hombre, y convertirlo en el juez infalible y arbitrario de todos los puntos controvertidos en enseñanza, religión o gobierno.”

Al debatir los trece estados si la nueva Constitución otorgaba mucho poder al gobierno federal, y que la gente necesitaba protección de ese poder, varios cuerpos legislativos estatales propusieron enmiendas, que fueron los precursores de la actual Ley de Derechos (las primeras diez enmiendas a la Constitución). Una de las enmiendas propuestas en la Convención Constitucional en Virginia, dice:

“El pueblo tiene el derecho de libertad de palabra, y de escritura así como de la publicación de sus opiniones; que la libertad de prensa es uno de los mís grandes baluartes de la libertad, y no debe ser violada.”

La Constitución de Pennsylvania explícitamente protege la libertad de palabra y la libertad de prensa:

“El pueblo tiene derecho a la Libertad de Palabra, y de Escribir y Publicar sus opiniones, en consecuencia la Libertad de Prensa no debe ser restringida.”

La gente estaba preocupada de que, si ratificaban la Constitución de los Estados Unidos, estarían renunciando a las protecciones de sus Cosntituciones estatales. Un panfleto de Boston y la minoría de la Convención de Pennsylvania describieron la libertad de prensa como el “azote de los tiranos.” Otro panfleto de un “John DeWitt” (un sobrenombre) declamaba:

“La libertad civil, en todos los países, ha sido promovida por una discusión pública de las medidas, y de la conducta de los hombres públicos. La Libertad de Prensa, en consecuencia, ha sido estimada como una de sus salvaguardias. Que la libertad otorga el derecho, en todo tiempo, a cada ciudadano a expresar su opinión, de manera decente, ante la gente. Si él se preocupa por ello, tenga o no razón, sus conciudadanos estín agradecidos por haberlo hecho; pues, al menos, su actitud conduce al examen del asunto sobre el cual escribe.”

Patrick Henry arguyó que la Constitución no escrita de Inglaterra, sin la Ley de Derechos, protege los derechos de los sujetos britínicos mejor que la Constitución de los Estados Unidos:

“Aquí hay una revolución tan radical como la que nos separó de la Gran Bretaña. Esto es tan radical, si en esta transición nuestros derechos y privilegios son puestos en peligro, y la soberanía de los Estados es afectada: Y ¿no podemos ver que actualmente este es el caso? Los derechos de conciencia, juicio por jurado, libertad de prensa, todas sus inmunidades y franquicias, todas las pretensiones de los derechos humanos y privilegios, resultan inseguros, si no perdidos, por este cambio tan fuertemente expresado por algunos e inconsideradamente por otros.¿Es esta afectación de los derechos valiosa para los hombres libres?… ¿Es necesaria para su libertad la afectación del juicio por jurados, y la libertad de la prensa? ¿Serí el abandono de sus mís sagrados derechos la manera de asegurar su libertad?… hace 23 años se suponía que yo era un traidor a mi país… [Sospecha de poder gubernamental] es una virtud, siempre que su objeto sea la preservación del bien común, siempre que se mantenga dentro de límites apropiados.”

Pero un proponente de la nueva Constitución, James Wilson, arguyó que la Constitución no hizo a un lado las libertades individuales:

“Hubiera sido absurdo y superfluo haber estipulado dentro de un cuerpo federal de nuestra propia creación, que deberíamos disfrutar aquellos privilegios de los cuales no somos despojados, ya sea por la intención o el acto que ha traído a ese cuerpo a la existencia. Por ejemplo, la libertad de prensa, que ha sido una fuente copiosa de declamación y oposición: ¿qué control puede proceder del gobierno federal para amordazar o destruir la fortaleza sagrada de nuestra libertad nacional?”

Alexander Hamilton, uno de los autores de Los Documentos Federalistas, también asumió el punto de vista consistente en que al estar de acuerdo con adoptar la Constitución, la gente no entregó ninguna de sus libertades civiles. Su anílisis distingue entre una ley de derechos presentada por los sujetos a sus monarcas, y una constitución fundada por el mismo pueblo.

“Ha sido subrayado verdaderamente varias veces que las leyes de derechos son, en su origen, estipulaciones entre los reyes y sus súbditos, compendios de prerrogativas en favor de privilegios, reservación de derechos no sometidos al príncipe. Tal fue la MAGNA CARTA, obtenida por los barones (ingleses), espada en mano, del Rey Juan… Tal fue, también, la Declaración de Derechos presentada por los Lores y Comunes [las dos Címaras del Parlamento en la Gran Bretaña] al Príncipe de Orange en 1688, y después de ello expedida en la forma de una ley del parlamento llamada Ley de Derechos. Es evidente, en consecuencia, que, de acuerdo con su primitivo significado no tenían aplicación inmediata a las constituciones supuestamente fundadas sobre el poder del pueblo, y ejecutada por sus inmediatos representantes y siervos. En sentido estricto, aquí el pueblo no entregó nada, y como retuvieron todo, no había necesidad de hacer reservas particulares. “NOSOTROS, EL PUEBLO de los Estados Unidos, para asegurar las bendiciones de nuestras libertades y nuestra posteridad, ORDENAMOS Y ESTABLECEMOS esta Constitución … ” Aquí se hace un mejor reconocimiento de los derechos populares, que volúmenes de aforismos que constituyen la figura principal en varias de las Leyes de Derechos estatales, y que sonaban mejor en un tratado de ética que en una constitución del gobierno.”

Hamilton fue igualmente enfítico acerca de una declaración de libertad de la prensa.

“Qué significa una declaración, ¿que “la libertad de prensa deberí ser preservada inviolable?' ¿Qué es la libertad de prensa? ¿El que pueda dar una definición no podría dejar un amplio margen para la evasión? Sostengo que es demasiado impracticable; y de ahí yo infiero, que es seguridad, cualesquiera declaraciones que puedan insertarse al respecto en cualquiera constitución, deben depender juntamente de la opinión pública, y sobre el espíritu general del pueblo y del gobierno. Y aquí, después de todo… debemos encontrar la única base sólida de nuestros derechos.”

Al final, la prensa libre floreció en los primeros días de nuestra nación. Alexis de Tocqueville, un magistrado asistente en Francia, fue a los Estados Unidos a estudiar su sistema penal. Viajó por toda América en 1831 y quedó asombrado y preocupado acerca de cómo era la prensa libre. En su diario, que formó la base de su éxito de ventas: Democracia en América, el hizo algunas de estas notas.

En una conversación con Mr. Spencer, un abogado de New York que fue también miembro del Congreso y un miembro de la legislatura de New York, preguntó, “¿Qué límites impondría a [la libertad de prensa]?” Mr. Spencer respondió:

“Nosotros tenemos un principio muy simple en esta materia. Todo lo que sea cuestión de opinión es perfectamente libre de expresarse. Uno puede ir a imprimir diariamente en América diciendo que la monarquía es la mejor de todas las formas de gobierno. Pero cuando un periódico publica hechos difamatorios, cuando sugiere gratuitamente motivos de culpa, entonces es procesado y generalmente castigado con una fuerte multa. Recientemente tuve la experiencia de un ejemplo de lo anterior. En el momento en que ocurrió el caso en conexión con la desaparición de [un miembro de los Masones, con la sospecha de que había sido ahogado en el Lago Ontario por sus compañeros masones para prevenir que revelara secretos de los Masones] un periódico publicó que los jurados habían pronunciado su veredicto de culpabilidad por motivos de ‘espíritu de partido.' Yo procesé al redactor artículo y lo sancioné.”

De Tocqueville hizo una pregunta a continuación: “En su opinión, ‘cuíl es la vía para disminuir el poder de la prensa?” Mr. Spencer replicó:

“Estoy totalmente convencido que la manera mís efectiva de incrementar el número de periódicos tanto como sea posible y no procesarlos mís que en casos extremos. A medida de que su número crece, su poder disminuye, es un hecho que la experiencia nos lo ha demostrado incontrovertiblemente… En nuestro caso hay un inmenso número de factores que dividen nuestros intereses. No existe un gran centro de actividades; es casi imposible excitar la opinión pública acerca de un írea grande… Otra razón por la que las opiniones personales de los periodistas tienen poco peso es el mal uso que ellos hicieron en los primeros años de independencia. Se demostró que la mayoría de ellos han sido comprados por Inglaterra. Desde entonces, ellos han perdido la confianza pública.”

Mientras viajaba a través de Kentucky, De Tocqueville, que era un turista dedicado de corazón, notó que los ciudadanos que vivían en Kentucky eran pensadores sofisticados mís que “gente rústica.”

“Estos hombres… pertenecen a uno de los pueblos mís civilizados y racionales del mundo. Sus maneras no tienen nada de rústica ingenuidad. El espíritu argumentativo y filosófico del inglés lo encontró allí así como en toda América. Existe una asombrosa circulación de cartas y periódicos entre estos bosques salvajes…. No creo que en los mís iluminados de los distritos rurales de Francia exista un movimiento intelectual tan rípido y en tal escala como en estas regiones.”

De Tocqueville fue, sin embargo, cauteloso acerca de la libertad de prensa. Mientras leía un tratado del derecho consuetudinario ingles, los Comentarios de Kent, escribió al margen acerca del principio Inglés de que no se permite la prueba de la verdad en casos de difamación, “Es una cuestión controversial en América. Hay una fuerte tendencia a permitir la prueba. La libertad de prensa demasiado limitada, rompe todas las fronteras. Curioso.”

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